domingo, 21 de octubre de 2012

Relatos: "Un Espíritu Solitario"

Escrito por Pablo A. Giovine


   La vista desde el techo de aquellos depósitos era extraordinaria. Al este podían verse aún los últimos fulgores del ocaso. Vincent no podía dejar de observar; pronto, las estrellas saldrían y se completaría el cuadro. Podía ver más allá de los muelles la larga fila de autos que se dirigían a los puentes que conectan Manhattan con New Jersey por encima del Hudson. De improviso unos bocinazos cortaron la calma que se respiraba en el lugar, probablemente alguien había dejado su coche mal aparcado impidiendo la salida a otro. Pasó pronto. La calma regresó.

 Vincent escudriñó los alrededores, acercándose prudentemente al borde de la azotea para asegurarse que no hubiera nadie abajo que pudiese verlo. Decidió ir al encuentro de Catherine, a su apartamento. Seguramente ella ya había regresado de la Oficina de la  Fiscalía. Hacia casi una semana que no la veía, dado que trabajaba en dos casos al mismo tiempo, por lo que los días se le hacían interminables. ¡Largos se hacían también para él! No podía dejar de pensar en ella si no estaban juntos. ¡Los minutos se transformaban los siglos!

 Mientras bajaba por una de las tuberías de desagüe amuradas a la pared oyó un murmullo. Apuró el descenso y se ocultó detrás de unos botes de basura. Asomándose, podía ver una figura más allá de la bruma vaporosa que comenzaba a levantarse. Era un joven de unos veinticinco o veintiséis años que parecía esperar a alguien más. Llevaba puesta una chaqueta de cuero marrón, blue jeans  blancos y calzado deportivo. Vincent pensó para sí: ‘Otro retraso... voy a tener que esperar que se vaya’. Se sentó contra la pared y en absoluto silencio se dispuso a aguardar.

 Pasaron veinte minutos y la cosa seguía igual. Ahora el muchacho tarareaba algo para entretenerse, Vincent conocía la pieza,  una marcha de Souza, por lo alegre. De pronto se oyeron pasos que se acercaban. La música cesó. Dos hombres entraron en el callejón y caminaban en dirección al  joven.

-¡Hey, aquí esta nuestro amigo!- masculló uno de ellos.
-¡Vaya viejo, sí que eres puntual!- le dijo el otro con tono de mofa- ¡Si hubiésemos sabido que ya estabas aquí, no habríamos cruzado todas las señales en rojo! ¿Verdad, Harry?
 El joven se despegó de la pared sobre la que se apoyaba y se irguió tratando de darse ánimos.
-Acabemos con esto. -dijo mientras buscaba en el bolsillo interior de la chaqueta- ¿Podré liberarme de ustedes hoy? ¿Si?
-No tan rápido, viejo, quiero ver lo que tienes ahí... –tomó un envoltorio que el joven le tendió, Vincent vio que era un pañuelo de seda, por el brillo de la tela.
-...Una gargantilla, cuatro anillos, un broche de oro, dos pares de pendientes... ¡Buena cosecha!
-¡Tu mamá sí que tenia buen gusto!- dijo el otro mientras tomaba las joyas que Harry le pasaba. Admiro los anillos a la luz.
-Ya tienen lo que querían, me voy...
-Aún no…- dijo Harry mientras empujaba al joven contra la pared- podrías... quizá... traernos algo más ¿No?
-¿Más?- dijo el joven, con miedo creciente- Vacié la caja del banco, ya no… -el otro tipo había sacado una navaja automática del bolsillo. La cosa se ponía fea.
-¡Yo cumplí con ustedes! ¡Ahora déjenme en paz!
-¡Tú no harás nada!- gruñó Harry mientras envió al joven contra la pared de un empujón, apretándolo contra ella con el antebrazo sobre el cuello, por lo que el muchacho comenzaba a asfixiarse. Sus pies casi no tocaban el piso.
-¡Creo que te llego la hora! -dijo el hombre de la navaja haciendo brillar el filo, riéndose -Creo que hoy te toca ir a ver a papá al cielo- de pronto se oyó  detrás de ellos un rugido formidable, oculto en la oscuridad del callejón alguien se acercaba rápidamente...
-¡Qué diablos!- grito el hombre del cuchillo mientras se daba la vuelta, en ese momento sintió que lo tomaban por el brazo con una fuerza extraordinaria y que lo arrastraban hacia la oscuridad. Al instante se oyó el sonido de algo que se desgarra violentamente. Un grito desesperado...  luego el ruido tintineante de la navaja que rodaba por el piso y después, completo silencio.
-¡Johnny! ¡¿Qué pasa?! ¡Contéstame! Maldición, regresa aquí.- Harry empezaba a ponerse lívido, intentó darse la vuelta sin dejar de hostigar al joven.
-¡Suéltalo!- gritó una voz grave, sin ningún matiz especial, desde la oscuridad.
-¡¿Quién cuernos eres?!- inquirió furioso Harry tratando de distinguir de donde venía la voz.
-¡Tu enterrador, sino lo sueltas ahora! -sentenció la voz. Harry soltó al muchacho para darse vuelta, vio salir de la oscuridad una figura enorme envuelta en una capa oscura con la capucha echada sobre el rostro.
-¡¡Déjate ver maldito!!

 La voz sin nombre dio un paso adelante, hacia la luz, y por un instante Harry pudo verle el rostro... lo que bastó para ponerlo a temblar como una hoja. Le pareció estar mirando al mismo diablo... ¡Demasiadas drogas! Pensó para sí mismo.

-¡Oh! ¡Dios! -exclamó mientras Vincent seguía acercándose- ¡No te me acerques! ¡Lárgate! -gritaba mientras retrocedía paso a paso hacia la pared donde antes hostigaba al muchacho, hasta que quedó contra ella. Vincent continuaba caminando impasible, gruñendo ferozmente, hasta que puso su rostro casi sobre el suyo.
-Si vuelvo a verte por aquí será la última vez... la última vez que verás la luz...
 Harry estaba aterrado, por su rostro corrían gruesas gotas de sudor y sus labios temblaban violentamente. Se fue haciendo hacia un costado lentamente mientras Vincent lo seguía con la mirada, para después correr frenéticamente por el callejón hasta perderse en la oscuridad. Vincent resopló  mirando hacia arriba por un momento y se acercó al lugar donde yacía el joven, sentado contra la pared tratando de recobrar el aliento.
-¿Te encuentras bien?-preguntó suavemente.
-Sssi... Gracias... señor ¿señor?- preguntó.
-Vincent.
- Vincent, le debo la vida... -dijo casi con un gemido, la garganta le dolía terriblemente, trató de incorporarse pero no pudo. Vincent lo ayudó a sentarse otra vez.
-No te muevas, aún estas débil. ¿Puedo saber tu nombre? –Vincent lo miraba con la capucha echada, así que el joven apenas si pudo verle la cara.
-Etienne... Etienne Lombard, señor.- A Vincent le sonaba extraño que lo llamasen “señor”.
-¿Crees que podrás llegar solo a un lugar seguro?
-Creo que sí, tengo mi auto aquí, en la esquina del callejón.
-Aguardaré a que estés mejor. Dime... ¿Qué querían esos dos de ti?
-Sería largo de contar. Me acosan hace ya mucho tiempo... me obligan a pagarles su ‘protección’ con dinero, favores... en fin.- Etienne hablaba con bastante miedo.
-Pero, ¿por qué?
-¿Porqué? -contestó como si se hiciese la pregunta a sí mismo- Porque mi padre, en su desesperación, se metió con ellos por un préstamo, digamos uno bastante deshonesto y ellos decidieron que para cobrarse estaba yo...
-¿Y tu padre?
-Mi padre esta... muerto. -confesó bajando la cabeza para que Vincent no llegase a ver las lágrimas.

*****
  
 ‘¿Habrá recibido mi nota?’ Pensó Catherine ‘Estoy segura que Olivia se la hizo llegar anteayer. Bueno, quizá tenía cosas que hacer’ La cena que había preparado para los dos olía bien, pero empezaba a enfriarse. ‘Es extraño -pensó- si no hubiese podido venir me hubiera avisado’.

 Comenzó a retirar los platos de la mesita de la terraza pensando que ya no vendría... alguien a sus espaldas susurró su nombre:

-Catherine... –ella se dio la vuelta, allí estaba Vincent, junto al borde de la terraza, espléndido en ese traje retaceado de terciopelo azul que a Catherine tanto le gustaba.
-¡Vincent! Viniste... pensé. -se acercó a él, y le tomó las manos para besárselas- Temía  que no vinieras...
-Estoy aquí, contigo. -la estrechó con sus brazos suavemente, y ella apoyó la cabeza sobre su pecho, sintiendo los latidos regulares de su corazón. Cerró los ojos.
-Cuando estás conmigo creo que nada de lo que pasa a mi alrededor importa. –dijo Catherine- Sólo tu presencia me trae un poco de calma. ¡Cómo quisiera que estuviésemos juntos siempre! ¡Qué hermoso sería! -levantó la cabeza para verle el rostro, él la contemplaba con ternura:
-¿No te cansarías de mí si me vieras todos los días? -dijo él aparentando seriedad.
-Nunca. -susurró ella sonriendo.

 Cenaron a la luz de las velas en el balcón, aprovechando lo hermoso que se veía el cielo nocturno. Conversaron sobre su trabajo, de lo preocupada que estaba últimamente, de lo complicado que era todo últimamente en el mundo de Arriba... Vincent intentó hacerla sentir un poco mejor contándole las últimas travesuras de los niños, de cómo Ratón se había quedado atorado en un ducto estrecho y hubo que organizar un ‘rescate’ para sacarlo de allí. Rieron de buena gana sobre el asunto:

-No te lo podrías imaginar, Catherine, la escena era casi cómica. -dijo Vincent con una sonrisa- Pascal y Winslow tiraban a Ratón por…-Vincent hizo una pausa- …el trasero mientras éste berreaba gritando “Duele mucho, ¡Ay! ¡Tiren despacio!”
 Catherine se desternillaba de risa, Vincent narraba todo de una manera que era imposible no reír.
 Se produjo un silencio entre ambos y después Vincent dijo, más calmado:
-Catherine, hoy conocí a alguien.
-¿Si? –dijo ella, pensando en que Vincent se refería a alguien de los túneles- ¿A quién?
-A un joven, en el puerto.
-¿En el puerto de Nueva York? –contestó Catherine, sorprendida- Vincent, ese lugar es peligroso para ti, hay pocos accesos a lo túneles. ¿Te diste a conocer?
-No, estaba oscuro, creo que no llego a verme. Pero sí tuve que evitar que lo dañasen otros dos... -Catherine se puso inquieta. Sabía que cuando Vincent ‘evitaba’ que dañasen a alguien era para preocuparse. 

Se acercó a él, cambiándose a la silla que estaba a su lado.

-¿Quiénes eran? ¿Por qué querrían dañarlo? –preguntó.
-No sé quienes eran. Por lo que me dijo son estafadores, matones que lo extorsionan, lo obligan a entregarles dinero. El muchacho dijo algo que no logré entender del todo. Dijo que se estaban cobrando por un error que había cometido su padre y que ahora estaba muerto. Rompió a llorar... no pude evitar preocuparme, ya sabes, parecía sincero. Catherine, sé que estás cansada y muy atareada pero, ¿podrías ayudar investigando?
-Sabes que no puedo negarte nada. Lo haré. –dijo Catherine, interesada- ¿Sabes como se llama?
-Etienne Lombard.
-Bonito nombre. Veré en los archivos de la Fiscalía que hay sobre él o sobre su padre.
-Gracias. Eres un ángel.- él se acercó un poco más a ella, poniéndose de pie, sacó de un bolsillo interior un  pequeño volumen forrado en verde, con cantoneras de cobre- Toma, encontré esto en la biblioteca de Padre. Te gustará. -ella tomó el libro.
-Coleridge, poesía completa... leí algo de él hace años.
-Padre dice que siempre es bueno ver como andan los viejos amigos de vez en cuando. –dijo Vincent sonriendo levemente.
-Los amigos más queridos... -dijo ella mirándole a los ojos. -¡cómo deseaba besarlo! Él podía sentirlo. Era mutuo, sumamente sensorial. Se inclinó para besarla en la frente, pero ella lo tomó suavemente por la barbilla hasta hacer descender su rostro a la altura del  suyo. Lo besó en los labios el tiempo suficiente para recordar la sensación. Vincent se quedó inmóvil, su boca completamente arrobada por el pacífico y a la vez incontrolable caudal de emociones que Catherine le transmitía. Su mente no podía comprender cómo ella podía amarlo así, cómo podía sentirse atraída de ese modo, sin admitir duda alguna sobre su propio ser, sin admitir pensar como él lo hacía; pero en su corazón todo estaba claro, no había que entender nada: era amor puro, sólo eso...

 Pronto Vincent descendería a su mundo y las horas volverían a transformarse en siglos... para ambos.
 
*****

Catherine abrió la puerta de la oficina de Joe.

-¿Puedo pasar? -él no contestó, sólo levantó la mano haciendo una señal afirmativa. Leía un grueso libro de archivos con folios polvorientos. Catherine se acercó al escritorio.
-Necesito pedirte un favor, Joe. Quisiera saber sobre un caso archivado por falta de evidencias. -él levantó la mirada, con expresión cansina.
-¿No tienes suficiente entre manos con los casos Stanford y Wortington? Creí que estabas tapada por el trabajo...
-Sí, pero... -hizo una pausa  para pensar una excusa- tengo un amigo que necesita...
-...que necesita saber algo sobre el asunto, ¿no es así? ¡Qué amigos tan curiosos tienes, Cath, se diría que trabajas más para un ‘amigo’ que para la Fiscalía!- su sonrisa denotaba que no había enojo. Y cómo iba ser de otro modo, si Catherine era su mejor colaboradora. Ella se sonrió también.
-A ver... dime. –dijo Joe con la curiosidad pintada en la cara.
-Es el caso Lombard. Lo cerraron el año pasado, poco antes de que yo llegara aquí.
Joe se rascó la barbilla, pensando.
-¡Ah! Sí, ya recuerdo. Edmond Lombard, presuntamente asesinado por su hijo. Un asunto escabroso, yo asistí a la ultima auditoría del juicio, declararon que él no era culpable, pero con ciertas reservas.
-¿Puedes darme algún dato más?
 Joe se levantó de su sillón y fue hacia la ventana, separó con el índice y el pulgar la persiana para ver la calle:
-Se supone que su padre traficaba con heroína y que el hijo quiso arrebatarle el negocio. Parece que le disparó en la cabeza con su propia arma, pero el revólver no tenía las huellas sus huellas, estaba limpio. -Catherine sintió un escalofrío.
-Pero la bala salió de esa arma ¿verdad?
-Sí... esa fue una de las razones por las que el caso se cerró. Seis meses de investigación tirados a la basura. –agregó Joe al volverse para mirarla.
-Humm... quisiera interiorizarme un poco. ¿Puedo ‘hurgar’ en el tema?
-Ve con Doris, del departamento de archivos y pídele los microfilms de la sección A4, yo te autorizo, pero no descuides el caso Stanford o el Jefe Moreno nos va a colgar a los dos.
-No te preocupes, seguiré adelante como hasta ahora. -dijo Catherine mientras se dirigía hacia la puerta, que se cerró tras de ella.
-No me cabe la menor duda, Radcliffe. -y volvió a sus papeles sin poder evitar estornudar por el polvo- ¡Diablos! –gruñó- ¡Es que no hay aquí personal de limpieza que desentierre estos archivos!

***** 
 La máquina-visor de microfilms mostraba un articulo del ‘Times’ del año anterior donde podía leerse el título: ‘Joven profesor de la Escuela de las Artes de Nueva York acusado de asesinato’.

- ‘Así que eres profesor’- pensó Cathy, y siguió leyendo- “Hoy 18 de octubre, la Corte Suprema del Estado de Nueva York declaró a Etienne Dennison Lombard absuelto en el caso donde se trata el presunto asesinato de su padre, Edmond Bradley Lombard. El fiscal solicitó la apelación  y revisión del caso a fin de lograr la condena del acusado. La moción fue denegada por el Honorable Juez Mc Kinley aduciendo la falta de pruebas condenatorias. La opinión publica concuerda con el fiscal.”- ‘¡Vaya! Lo quieren ver bien frito,’ - pensó-, ‘veamos que más hay’ –siguió leyendo el archivo, que era bastante largo, sin sacar demasiadas conclusiones sobre el asunto. Decidió que lo mejor era ir personalmente a conocer su próximo caso. Anotó en su agenda la dirección de Etienne, vivía en Brooklin, en el 2453 de la calle Altam; se dispuso a visitarlo el día siguiente, cuando saliera de la oficina. 

*****
 Brooklin Heigths es la parte más antigua del distrito, la calle Altam albergaba una larga serie de  casas victorianas con parques cuidados. El numero 2453 relucía en su placa dorada. Catherine no pudo dejar de admirar la bella construcción con su torre angular cubierta por una techumbre cónica de pizarra, sus lucarnas caladas y la veranda que oficiaba de porche. Se acercó a la puerta, que tenía una ventana oval de vitral, donde podía verse un galeón del siglo XVII navegando en un mar agitado. Tocó el timbre brevemente. Mientras que aguardaba, pudo escuchar a través de la puerta el sonido de un piano. Reconoció la melodía al instante: la primera parte de la Fantasía en fa menor (op.49) de Chopin, era una de las piezas que había escuchado tocar Abajo, en los túneles. Cuando estaba a punto de empezar la parte central de la obra, la puerta se abrió y una mujer de amable aspecto, de unos sesenta y cinco años preguntó:

-¿Si? ¿En qué puedo servirle?

 Catherine extendió el brazo casi horizontalmente para mostrarle su credencial profesional al tiempo que decía:

-Buenas tardes, me llamo Catherine Chandler, Asistente del Fiscal de Distrito; quisiera hablar con el señor Lombard, si es posible.

 La anciana leyó la credencial repitiendo bajito el nombre. Se hizo a un lado para permitirle pasar.

-Adelante, por favor. Soy Miss Agnes, el ama de llaves. –dijo la mujer cortésmente- Iré a anunciarla, tome asiento, por favor.- y le mostró una silla de la recepción.

 Mientras esperaba, Catherine estudió la habitación. Frente a ella había una escalera recta con balaustrada de cedro muy pulido; madera que cubría las paredes, cuadros con sus marcos dorados, la consola con tapa de mármol, daban a todo aspecto de pasada riqueza, al parecer los Lombard habían sido bastante ricos alguna vez. Sobre la mesa de arrime había unos portarretratos con fotografías antiguas, damas y caballeros de los años 20’ y 30’ que se paseaban frente a la casa en la que estaba ahora. A Catherine le pareció estar en un museo, lleno de recuerdos. Pero, ¿por qué ni una sola foto moderna? Pronto el piano dejó de sonar y la señora Agnes regresó.

-Por aquí...-dijo indicándole el camino- el señor Lombard la atenderá ahora.

 Pasaron a la sala de música. Lombard estaba parado de espaldas mirando el reloj que estaba sobre la repisa de la chimenea; junto al ‘bow window’ había un piano de concierto con la tapa del teclado abierta y unas partituras encima.

-Señor Lombard, yo… -comenzó Catherine.
-¿Si? -cortó él con voz queda.
-La señorita Chandler...-dijo Agnes algo confusa por la tensión que percibía en el ambiente. Lombard se dio la vuelta y miró a Catherine sin dejar notar emoción alguna. Hizo una seña a Miss Agnes para que se fuera. 

Cuando el ama de llaves cerró la puerta de la cocina tras de sí, Catherine se presentó:

-Soy Asistente del Fiscal de Distrito. Quisiera hacerle algunas preguntas...

Él la miró fijamente. A Catherine le pareció que era un joven bastante simple, mediana altura, ojos color café intenso, facciones regulares y el cabello crespo, y un aire ausente que no entonaba con el sitio en donde estaban ahora. De todos modos su mirada la perforaba.

-Tome asiento por favor. ¿Preguntas? -alzó las cejas, inquisitivo- ¿Qué tipo de preguntas?
-Investigo un caso que se cerró aproximadamente hace un año...
-¡Ah! Eso.- dijo secamente. Era notorio que el tema le molestaba, había fruncido levemente el ceño- Mire, creo que ya contesté suficientes preguntas. Pasé momentos muy difíciles y no siento la necesidad de...
-Sé lo que pasó. Lo acusaron injustamente, es duro. Pero quisiera...
-Señorita es más que ‘duro’. Perdí a mi padre, que era mi único pariente. La opinión pública me hizo trizas. 

Casi pierdo mi empleo, que es lo único que tengo, usted no sabe lo que siento... usted no sabe nada. -sus facciones adquirieron mal semblante y eso no le gustó a Catherine. ’Mal comienzo’ -se dijo a sí misma. 

Pero se decidió a tomar el toro por las astas:

-Sé que lo molestan, que lo extorsionan... que le hacen la vida insoportable. –dijo ella con calma, mientras guardaba su credencial en su cartera, algo molesta por el recibimiento.
-¿Si? ¿Cómo? –preguntó Etienne con tono quedo, preocupado. La expresión en su cara cambió totalmente, ahora había temor.
-Un amigo me lo dijo.
-¿Quién?
-Vincent. –dijo ella por lo bajo, insegura si debía continuar hablando o no. ‘Bien, si él confía en tí, yo también.’
 Él la miro extrañado. ¿Será él?
-¿Vincent? -toda su altivez del momento pasó. Se paró y comenzó a caminar hacia la puerta de la sala y la cerró. Regresó y se sentó en el sofá, frente a ella.
-¿Vincent?- preguntó nuevamente. Catherine bajó la voz aún más:
-Sé que el te ayudó la noche pasada. Quiere ayudarte, por eso estoy aquí. Sé bien lo que está pasando... creo que deberías hablar conmigo, y no con los otros dos que tú y yo sabemos. -ella se refería a los matones de la otra noche.
-No sé si debo. -dijo él dubitativo. Estaba muy nervioso. Si llegaran a enterarse… Catherine abandonó las formalidades y preguntó:
-Dime que sucedió aquella vez. Juro que nada de lo que digas saldrá de este cuarto. Vincent es mi mejor amigo y si él no hubiese sentido que estabas en peligro yo no estaría aquí. Puedes confiar me mí. Pero para ayudarte necesito que tú me ayudes.

Etienne aún dudaba. Temía recordar el pasado... y también el presente.

-¿Cómo puedo confiar en ti?
 Catherine se arrellanó en su sillón, se puso el índice sobre los labios un momento y dijo luego:
-Te contaré una historia sobre la confianza. Ahora yo confiaré en tu discreción. Nada saldrá de este cuarto, ¿bien?
-Bien. –dijo Etienne, algo más relajado- Te escucho.
-Hace poco más de un año yo también fui atacada. Me desfiguraron el rostro, casi muero. Sería largo de contar por qué. Alguien me salvó y me curó. Yo tenia el rostro vendado, no podía ver nada. Salvo sus palabras, el silencio era casi total. Estaba muy, muy asustada. Me encontraba en un lugar extraño. Sólo podía oír la voz de mi salvador dándome aliento y ayudándome a recuperarme. Pero aún así tenia un miedo irracional. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Dónde estaba? Preguntas sin respuesta. Un día me sentí mejor y empecé a quitarme las vendas... en ese lugar había un espejo o algo así, y lo que vi en él me desesperó. Mi rostro estaba surcado por heridas horribles. Sentí un ruido detrás de mí y me dí la vuelta. Vi a alguien que se cubría la cara con una capucha. Estaba a punto de desmayarme. Él trató de acercarse, de calmarme, pero yo estaba fuera de sí, tenía mucho miedo.- el rostro de Catherine adquirió un aspecto culpable- Fui tan tonta que le arrojé el espejo... por la cabeza.

Etienne la miraba atento, por su cara cruzó un signo de entendimiento, algo que Catherine no había percibido antes.
-Era Vincent ¿verdad? -agregó él insinuando una sonrisa compasiva- Buen comienzo el tuyo... –pensó casi jocosamente, pero el rostro afligido de la joven le impidió hacer algún comentario de esa índole.
-Era él. -asintió Catherine- Yo no podía dominar mi miedo, quería salir corriendo, pero a la vez sentía que no podía huir. Algo me hizo sentir mejor, poco a poco. El temor… cedió. -Catherine cerró los ojos con fuerza y luego dijo- Era su presencia. Si te dijese... si pudiese expresar lo que sentí en ese momento. Creo que no hay palabras para ello.
-Pero, dijiste que te morías del miedo. -dijo él, confuso.
-Sí, pero su proximidad hizo que mi miedo se disipara... él me salvo de una muerte segura, Etienne. Nadie me hubiese salvado, y él lo hizo, a costa de su propia seguridad. Cuando comprendí eso, después de un tiempo de reflexión, me fui haciendo parte de él, de algún modo inexplicable mi alma se fundió con la suya. 

Pasó algún tiempo hasta que  volví a verlo,  –en los ojos de ella había un brillo singular cuando llegó a este punto-, ¡ocho meses!

-Entiendo...- dijo él, ya calmado, tratando de sonreír. Se había dado cuenta de que modo Catherine amaba a Vincent- Yo también sentí miedo la otra noche, pero no pude evitar confiar en él. ¡Y ni siquiera sé quien es! Sus palabras, su forma de hablar conmigo... no sé, me hicieron confiar de lleno.
-Confía en mí, confía en él que es lo mismo. Créeme.

 Nadie hubiera podido creer que la breve historia que Catherine contó fuese verdadera, pero Etienne se sintió mas dispuesto a confiar después de lo que escuchó. Parecía que aún a distancia Vincent lograba cosas extraordinarias. Confiar. Etienne llamó a la señora Agnes y le pidió que trajera el té. Cuando regresó con el pedido, le dijo sonriente que se tomara el día, que fuese a visitar a sus nietos.

 Cuando la señora Agnes salió de la casa, Etienne comenzó a relatar su propia historia. Explicó a Catherine que su padre se había endeudado a raíz de la situación financiera familiar, y que recurrió, sin saberlo, a un hampón de la mafia llamado Carmine de Fiore. Éste entregó la suma requerida sin chistar. Las condiciones del préstamo parecían razonables y Edmond se sintió aliviado de poder cancelar su obligación con el banco. No sabía en que se estaba metiendo.

 A medida que cancelaba el préstamo, de Fiore pedía favores ‘extra’, como llevar pequeños paquetes a ciertos lugares a altas horas de la noche, o a transportar dinero que le daban a sitios sospechosos.

 Pronto Edmond cayó en la cuenta de aquellos paquetes contenían drogas y que el dinero era parte de su comercio. De ahí en adelante se mostró cada vez más remiso a hacer las entregas, pero como aún no había terminado de pagar, tuvo que tragarse su miedo y continuar. Cuando canceló la deuda, los favores obligatorios no cesaron, trató de zafarse, pero ya era tarde. Etienne no sabía nada todo esto.

 Una noche, cuando regresaba de sus clases de piano en la escuela, y escuchó a su padre discutiendo con dos desconocidos en el comedor, a puertas cerradas:

-¡No volveré a hacerlo! ¡Nunca más! Ya pagué todo lo que debía... cada céntimo. ¡Es un abuso!
-Escucha, viejo, harás lo que nosotros te digamos o tu hijito va a encontrar a papá con un tenedor incrustado en el cuello. ¿Me entiendes? -decía uno.
-Creías que iba a ser tan fácil, ¿verdad? Que te ibas a quedar con el dinero así.  ¡Ja! ¡Idiota! -dijo el otro burlón.
-Yo... yo...- decía Edmond casi con un hálito- No puedo hacer más...                               
-Podrás o te haremos trizas a tí y a tu hijo. –sentenció el otro.
-¡No! ¡Ya basta!- gritó Edmond y acto seguido se oyó el ruido de cristal rompiéndose y a alguien que caía violentamente sobre el piso. Etienne abrió la puerta de un empellón dispuesto a ayudar a su padre, pero ni bien pasó el umbral una mano lo agarró por la nuca. Un hombre con aspecto desaliñado lo había tomado por le brazo también y lo arrastraba hasta donde estaban su padre. Edmond estaba en el suelo casi arrodillado, tratando de pararse, con un hilillo de sangre que manaba de la frente, lo habían golpeado con un jarrón de cristal tallado que estaba sobre una mesita auxiliar, las rosas estaban regadas por el piso.
-¿Qué tenemos aquí? El niño regresó a casa... -dijo con una sonrisa torva el que estaba junto su padre, que se llamaba Harry y parecía ser el jefe.
-¡Suélteme! ¡Déjenlo en paz! -gritaba alternativamente Etienne a su captor y al otro.
-Ya... ya. Cálmate, muchacho. -decía el que lo retenía, mientras le apretaba la nuca con mano férrea y lo obligaba a sentarse de en una silla.
-Oye Edmond, así que el retoño no sabe que haces cositas digamos... malas... -masculló Harry entre dientes con una sonrisita socarrona, mientras miraba al padre desvalido, luego se volvió hacia Etienne- Tu honorable progenitor trafica drogas y las vende... Hhuu…sí que es malo ¿verdad?
-No lo lastimen, él no hizo nada.-aún gemía Edmond.
-Sólo se puso en medio. –dijo el otro- Harry, ¿qué haremos? Podemos deshacernos del ‘niño’ ahora, ¿verdad?
-Creo que no es mala idea, Joh. Tráelo aquí. –Johnny arrastró a Etienne de modo que no pudiera zafarse, mientras tanto, Harry levantaba a Edmond del piso. Buscó la Colt 22’ que estaba sobre la repisa de la estufa, a su derecha.
-Papá es muy descuidado dejando su arma al alcance de los niños... Edmond deberías ser más cuidadoso. -dijo Harry mientras cargaba las balas en el tambor del arma.
-No lo lastimen. ¡Por favor!- murmuraba Edmond, aterrado.
-No lo vamos a lastimar a él,-dijo Harry con toda tranquilidad, se le había ocurrido una idea que haría más interesante el último acto del drama-, él te va a lastimar a ti. –y ahora miraba al hijo.
-¡¿Qué?!

 Etienne luchó por evitar que le pusieran el arma entre las manos, pero Johnny era muy fuerte y lo apretaba de tal modo que casi lo hacía gritar de dolor, por la angustia que le provocaba lo que le obligaban a hacer.

-¡Vamos, estúpido! -instó Johnny. Harry sostenía a Edmond como si fuera un blanco. La sangre mezclada con las lágrimas hacía de su rostro algo tristemente grotesco, miraba a su hijo como si estuviese entregado a su destino. Ya no más…

 La pistola disparó dos veces. Una bala en la frente y otra en el corazón. Edmond se desplomó de bruces contra la alfombra mientras Harry decía alegremente ‘¡Bingo!’ Etienne estaba de rodillas, en posición fetal con la cabeza entre las manos sollozando y gimiendo.

-Nunca habías pensado que esto sucedería. ¿Eh? Pero para todo hay una primera vez, hasta para matar. -dijo Harry mientras lo rodeaba y salía del comedor  arrojando la pistola junto a Etienne, seguido por su acólito.

 Lo dejaron en el piso, solo, junto al cadáver de su padre que se desangraba lentamente, entre las rosas…

 A estas alturas Etienne estaba totalmente desencajado. Ya no tenía palabras para seguir describiendo lo que sucedió; su rostro, lívido como una mortaja, reflejaba una angustia y un dolor desesperante. Catherine no pudo menos que tratar de consolarlo. Lo abrazó por un momento y le ayudó a reponerse. Etienne suspiró:

-¡Ah! Catherine... me obligaron a hacerlo... a matarlo. Yo le disparé.
-¡No! No lo mataste. No podías hacer otra cosa.
-Podría haberme negado... pero mi miedo fue más grande. El terror de lo que hice… -dijo, mirando a Catherine con ojos desorbitados.
-Sé que fueron momentos muy terribles, pero… -Catherine trataba de ser lo más suave posible para seguir indagando- necesito saber como es que el arma no tenía tus huellas y por qué tu padre había dejado el revólver a la vista. -él se refregó una lágrima y tragó saliva para continuar:
-Ellos la limpiaron, quizá tenía las huellas de Johnny, quizá papá dejó el arma a la vista porque quería intimidar a esos dos, no lo sé, la arrojaron junto a mí antes de irse. Cuando llamé a la policía estaba terriblemente confuso, dí una explicación casi vaga de lo que pasó, por el efecto del shock. Cuando llegaron me interrogaron una y otra vez, di mi versión de lo  sucedido a tres detectives distintos y creo que todas las versiones eran diferentes. En ese momento un oficial entró en la habitación con un paquete que había encontrado en el sótano. Los peritos concluyeron que era heroína, me pusieron bajo arresto preventivo, dijeron, hasta que se aclarasen un poco las cosas. Pero las cosas no se aclararon, se embrollaron aun más. 

Después supe que la policía sabía que mi padre hacia las entregas, pero aun no lograban ‘pescarlo in fraganti’. El fiscal se las arregló (con la complicidad de de Fiore, estoy seguro) para crear una historia siniestra en la que yo soy el monstruo que mata a su padre para quedarse con el lucrativo negocio. Pase seis meses en prisión, ¡seis meses! En mi vida había entrado a una celda. Fue horrible. Hasta que finalmente me sobreseyeron por falta de pruebas.
-¿Harry y Johnny eran los tipos de la otra noche?
-Sí, esos malditos aun siguen haciéndome pedazos una y otra vez. Joyas y dinero nunca son suficientes. Pero eso no importa... –Etienne apretó los dientes- a veces siento no poder vengar la muerte de mi padre.
-Ese no es el camino Etienne, hay otras formas de hacerles pagar. ¿Por qué no los denunciaste antes?
-Me vigilan. Si voy a la policía lo sabrán, de Fiore es poderoso. Tiene esbirros en todos lados, hasta en el Departamento Central de Policía. El fiscal Richardson es su mejor conexión en la Corte. Si los delato, se las arreglarán para hacer lo mismo de antes, me encarcelarán de por vida o algo peor... les tengo bastante miedo, son capaces de cualquier cosa. -aquí Etienne hizo una pausa, ya estaba muy cansado. Tantos recuerdos desagradables lo habían dejado ‘knock out’, podría decirse- Catherine, estoy exhausto. Quisiera estar solo un rato.- dijo con tristeza.
-Comprendo... sé que va a ser difícil, pero… piénsalo, puedes confiar en mí. Estoy dispuesta a ayudarte incondicionalmente… hasta el fin.
-Está bien. Hablemos mañana. Déjame pensarlo. 
 Catherine se fue con la certeza de que debía ayudarlo un poco. Vincent tenía razón. Pero no iba a ser sencillo convencer a Joe para que tratase de reabrir el caso, se pondría furioso con la sugerencia. Mientras cruzaba el jardín frontal de la casa para salir, vio un rosal en flor. Se acerco y cortó una rosa, recordando lo que Etienne había contado. 
****
 
 Vincent iba y venía por el túnel mientras oía a Catherine relatar la historia. Estaba cada vez mas molesto con lo que escuchaba. Sentía unas ansias terribles de salir a buscar a Harry y a Johnny y hacerlos pedazos. Pero intentaba contenerse.
-No va a ser fácil, Vincent. Hay que probar que de Fiore esta implicado, y parece que el hombre está bien cubierto. –Vincent seguí caminando, luego se detuvo.
-Hay que hacerlo Catherine, tiene que haber alguna forma. No pueden salirse con la suya. No puedo soportar estas cosas, a veces el mundo de arriba me harta... todos esos crímenes, y demás cosas indescriptibles, es tan injusto. ¿No acabará nunca? -él hablaba de forma contundente, y Catherine supo que estaba lleno de ira.
-Sé que te preocupas mucho, tu sentido de justicia es muy grande. Pero no quiero que te descubran. ¡Por favor! Déjame ayudar a Etienne a mi modo. No te arriesgues inútilmente.
-Está bien, pero si no es a tu modo, será al mío.
-Vincent, no. Sería in...- él cortó la frase:
-Nunca es inútil, Catherine. ¿Acaso lo fue hace un año, en el parque? -se refería a cuando él la salvó por primera vez. Catherine bajo la cabeza, sabía que había sido, quizá, egoísta en su pretensión de conservarlo.
-No, pero... ¡Oh! Vincent, me asustas cuando hablas así, temo por ti. Sé que haces todo con la mejor intención, pero... pero a veces te extravías. -ella buscaba las palabras para tratar de no herirlo, él se dio cuenta de lo que pensaba, lo leyó en su mente. Ella se aferró a su cintura, pero él permanecía inmóvil. Sabía ella que hablaba de esa parte que no llegaba a comprender del todo en él, la parte que estaba más cerca del instinto animal que del hombre.

Esa parte que cuando dominaba sus emociones humanas, parecía no tener ni limites ni lógica, que podía arrasarlo todo. ‘Sé lo que haces cuando te pierdes, lo sé’ -imaginó él la frase de Catherine completándose en su mente.

-A veces siento miedo de mi verdad...- dijo él apenado.
-¿De tu verdad?- preguntó ella extrañada, soltándolo.
-De mi verdad. De lo que soy...
-La única verdad que yo conozco es el amor que siento por ti, Vincent. Es lo único que importa. Eres lo mejor que tengo. No hay manera de que  yo sienta de otro modo.

 Él estaba parado en un ángulo del túnel, con las manos sobre un tubo, escondiendo el rostro entre ellas.

-Estás en mi mente siempre. Ésa es la verdad que yo entiendo. Tus palabras son como música. Aplacan esta tortura... esta herida que siento... –exclamó dolorido. Catherine no se llamaba a engaño, cuando él intentaba esconder sus emociones. Habría algún consuelo.
-Estás preocupado. Angustiado. Son tiempos duros para los dos. Ya pasará, Vincent, superaremos esto juntos. -ella buscó dentro de su cartera, y allí estaba la rosa, la sacó suavemente y se la tendió a Vincent- ¿Recuerdas esto? ¿Lo que significa... para nosotros?- él la tomó con cuidado y la miró por un momento y suspiró:
-Cómo olvidarlo, Catherine. Cómo olvidarlo... -sus labios reflejaban ahora una pálida sonrisa, leve.
 No intentó seguir hablando, se aflojó un poco, caminó hacia ella y la tomó entre sus brazos un momento, ella respondió con ternura, hocicándose bajo su cabello.
-Ven, vamos a leer un poco. ¿Tienes a Coleridge contigo?
-En mi bolso...

 Se fueron a su cámara abrazados todo el camino. Las palabras fluyeron del libro a su mente y de allí a su voz. Cuando Vincent alzó la vista por la mitad del libro, Catherine se había quedado dormida, sobre su hombro. 

***** 

-¡Sueñas si crees que voy a proponerle a Moreno que reabra el caso! Va a reírse en mi cara. ¡Tengo a los abogados de Wortington pisándome los talones todo el tiempo y tú te preocupas de un caso cerrado, terminado! –gritó Joe.
-No esta terminado, Joe. Lombard esta en peligro. Lo van a matar si no intervenimos. –dijo Catherine, resuelta.
-¿Qué pruebas tienes? ¿La confesión oral del acusado? ¿De qué te servirá? –gruñó Joe, golpeando el escritorio con el puño- ¡Nos harán talco en la primera audiencia! Vas a ser el hazmerreír del Departamento.
 Catherine escuchaba mordiéndose los labios para no contestar bruscamente a Joe, intentaba ser diplomática, muy a pesar suyo.
-Escucha, Joe. Sé que la historia tiene ribetes increíbles. Pero también sé que Lombard no miente, estoy segura. Muchas veces me dijiste que confiara en mis instintos, ahora es el momento de que tú confíes en mí, sé que mi corazonada es correcta. -ella hablaba con pasión y convencimiento, lo que ablandó a Joe por un momento- Tú me enseñaste eso. Se que todo esto parece un despropósito, pero por favor, hagamos algo. 

Déjame hacer algo…

-Está bien. -dijo él levantando la cabeza y mirando el techo como si tratara de pedir ayuda a la Divina Providencia- Voy a hablar con Moreno, pero no te aseguro nada, quiero que prepares todas tus pruebas y argumentos cuanto antes, va a ponerse insoportable cuando se lo diga. Espero poder dominarlo y sobre todo convencerlo...
-Gracias, Joe, -dijo Catherine sonriendo- eres un verdadero amigo. Veré que todo este listo para mañana en tu escritorio. -rodeó el escritorio y le dio resuelta un beso en la mejilla, lo que dejó a Joe bastante sorprendido. Mientras Catherine salía de la oficina Joe le dijo:
-¡Recuerda que me debes una! -y puso la mano en donde ella lo había besado, y la miró después, extrañado.

  El Jefe Moreno ciertamente se puso se puso ‘insoportable’, pero con bastante persuasión Catherine y Joe lo convencieron de que reabriese el caso Lombard. Días después los arreglos estaban listos para las preliminares a la primera audiencia.  Catherine en persona fue a llevarle el citatorio al fiscal Richardson. La visita fue desagradable, y breve, Richardson era uno de esos abogados presuntuosos que se creen que saben todo y lo que es más, creen que son inmunes a las leyes. Catherine sabía con quien estaba tratando así que fue bastante directa. Entró en su oficina como un rayo, seguida por la secretaria que decía que no podía pasar, que Richardson no estaba. Éste hablaba por teléfono, al parecer con uno de sus amigos de juerga, y se sobresaltó violentamente cuando vio entrar a Catherine de ese modo, no tuvo tiempo ni de cortar la comunicación. Catherine estiró la mano por sobre el elegante escritorio.

-Tome. El citatorio es para dentro de tres días, a las cuatro de la tarde. -tiró el sobre encima del mueble, agregando- Espero que esté preparado.

 Sin decir más, giró sobre sus talones y salió. La secretaria seguía justificándose ante él por la intromisión de Catherine.

 Richarson se desayunó con la nueva del peor modo, maldijo a todos los santos del calendario; aquel asunto arruinó su próxima partida de golf... 

*****

 Corría por el túnel tan rápido como le daban las piernas, tan feliz estaba de poder decirle a Vincent que lo había conseguido, que el caso se reabría. Llego a la Cámara de los Susurros, exultante. Vincent estaba sentado al borde de la pasarela, mirando al vacío, quizá escuchando los sonidos que se filtraban desde el mundo superior. Cuando vió entrar a Catherine a  toda velocidad con el cabello revuelto y el bolso de través se puso de pie enseguida.

-¡Vincent! ¡Lo conseguimos! ¡de Fiore va a juicio el tres días! Etienne aceptó testificar... hemos dado un gran, gran paso. -se acercó a él y lo abrazó con fuerza. Él respondió del mismo modo, feliz.
-Lo sé. Pude sentirlo. Hace horas que algo placentero revolotea en mi alma. Era tú. Catherine, eres brillante. El sacrificio valió la pena. –dijo él sonriendo.
-No lo hubiese logrado sin ti. Tú siempre me das la fuerza para continuar.
-Esa fuerza es tuya, Catherine. Vive dentro de ti. La ganaste por derecho propio...
 Catherine lo miró fijamente, directo a los ojos azules.
-Antes de conocerte no sabía que la tenía. -ella se sonrió- Antes de conocerte mi vida era otra, cualquiera diría que la vida que llevaba antes era normal, pero ahora que estas conmigo no cambiaría toda la ‘normalidad’ del mundo por el hecho de no tenerte.
-Mi vida cambio por completo cuando te encontré... ahora sé que sin ti mi vida estaría vacía. Falta de todo sentido. ¿Cómo podría ser yo mismo sin ti? Eso escapa a toda comprensión. Solo sé que si te pierdo, me perderé yo también.
-Eso no sucederá. Jamás me alejaré de ti.- dijo ella escondiendo la cabeza entre sus brazos. Vincent pensó, con un dejo de tristeza que lo invadió. ‘Nunca digas nunca’.
 El pensamiento estaba lejos de ser pesimista, pensó. Vincent sabía con dolor que el destino no siempre es propicio para los que se aman. Ya lo había visto.  Que la fortuna a veces es esquiva. Recordaba las palabras que alguna vez le había dicho Padre, en una de sus admoniciones. Vivamos el momento, se dijo, y el temor repentino huyó.
-Vincent ¿qué pasa? Estàs sombrío. -dijo ella al sentirlo tan inmóvil.
-Nada. Solo reflexionaba. -cambió de tema para no preocuparla- ¿Tendremos algún concierto pronto?
-El viernes por la noche. Presentarán extractos de óperas de Häendel, ‘Xerxes’, ‘Rinaldo’ y ‘Tolomeo, Rey de Egipto’ si mal no recuerdo.
-Lo disfrutaré contigo. Hace tiempo que no vamos a un concierto. “Nunca fue la propia sombra de la naturaleza más querida o dulcemente valorada que la tuya”.
-¿Qué es eso?
-De ‘Xerxes’. Es lo que canta el rey Jerjes a su árbol preferido, las palabras de la primera aria de esa ópera.
-Nunca dejas de maravillarme, Vincent. De todo sabes. ¡Y de todo sabes bien! –le besó en la mejilla- Nos veremos el viernes a las siete PM, así podrás traducir las otras arias.- dijo Catherine riendo.
-¡Vaya lío en el que me metí! -exclamó él, sonriente.
 Se despidieron en el túnel que llevaba al sótano del edificio de Catherine. La próxima jornada iba a ser compleja, ya que había que preparar los detalles para la primera audiencia del juicio, ella tendría que madrugar, cosa que le desagradaba bastante. Se dieron alegremente las ‘buenas noches’ y Vincent la contempló hasta que  desapareció detrás del haz de luz al final del pasillo.

*****
 
 Convinieron por teléfono que se verían la tarde anterior a la primera audiencia en casa de Etienne; Catherine preparó todos los documentos que él debería firmar y le daría las pautas de lo que debía contestar en la 

Corte, para evitar las posibles tretas de Richardson:

-Bien, entonces nos veremos hoy a las ocho, para concluir con los detalles... ¿Cómo estás?
-Bien, pero tengo un poco de miedo. -la voz de Etienne sonaba tensa.
-No te preocupes. No hay nada que temer, la custodia evitará cualquier incidente.
-Me siento como cuando estaba en la cárcel. Tengo a dos ‘gorilas’ apostados en cada entrada y a una patrulla que esta permanentemente frente a la casa. Me siento un prisionero.
-Pronto acabará. Te lo aseguro, en un mes  o dos todo habrá terminado. Serás totalmente libre, ten fe. Pondremos a esos malditos a la sombra por mucho tiempo.
-Creo que eso es lo único que me da ánimos. Espero que tengamos suerte.
-No es cosa de suerte Etienne, es cosa de confianza. Estás a un paso de acabar con el sufrimiento de años... ¡Piénsalo! –exclamó Catherine, convencida.
 
 Catherine fue a casa de Etienne a la hora convenida. Cuando llegó a entrada un corpulento oficial le preguntó quien era y le solicitó su pase. Una vez que lo revisó cuidadosamente le dio las buenas noches y le permitió pasar. Tocó el timbre y en un momento la señora Agnes le condujo a la sala.

-¡Pasa, Catherine! Estoy releyendo las notas que me dejaste el martes. ¿Tengo que acordarme de todo esto? ¡Uf! Sí que es mucho. -Etienne tenía unas hojas en la mano y un sándwich a medio comer en la otra. 

Se veía gracioso.

-Veo que estás mejor. -dijo Catherine sonriendo- Juraría que hace unas horas no podías pasar un bocado.
-Ya conoces el dicho: ‘Estómago lleno, corazón contento’. Ahora que estas aquí me siento mejor. Veamos esto... -hizo que Catherine se sentara, y luego llamó- ¡Miss Agnes! Por favor traiga más sándwiches y café. -se sentó junto a ella y empezaron a revisar sus notas.
 A la hora de haber comenzado la señora Agnes entró en la sala para despedirse, una vez que saludó a ambos se dio la vuelta y de pronto abrazó a Etienne afectuosamente.
-¡Te deseo toda la suerte del mundo para mañana, hijo! –exclamó enjugándose una lágrima y se fue.
-Es una buena mujer.-comentó Catherine.
-Fue la única persona que me fue fiel. –asintió Etienne, mientras miraba la puerta por la que había salido la señora Agnes- Cuando estuve en prisión todos mis amigos desaparecieron. En Park Avenue no se toleran ese tipo de escándalos. De la noche a la mañana me encontré solo. Sólo Miss Agnes me visitaba allí, es como mi segunda madre. Pobre mujer, a sus años entrando en la cárcel para hacer visitas.  Después de eso la soledad remanente fue la única compañera. -con las manos en los bolsillos, su rostro tenia un dejo de tristeza- Sigamos.

 Pasaron dos largas horas, y ambos empezaban a cansarse. No era fácil concentrarse, los dos habían tenido un día muy pesado. Etienne ya no prestaba atención a lo que Catherine decía, tenía la mirada fija en el reloj por sobre la chimenea.

-Etienne, ¿qué pasa? -preguntó ella al notar que él vagaba por otro lado.
-Es raro... la custodia tendría que haberse retirado hace veinticinco minutos para su relevo. Siempre pasan a avisarme. Voy a ver, enseguida vulevo. -se levantó para dirigirse a la puerta principal, mientras Catherine tachaba unas frases en sus notas.
-¡Catherine! -Etienne dió un grito ronco desde la puerta. Ella soltó el lápiz y corrió a ver que pasaba. 

Cuando llegó allí, Etienne sostenía la puerta abierta, con el rostro pálido. En el piso, yacía boca abajo el oficial de policía que la había recibido. Catherine se agachó y lo dió vuelta por los hombros. Tenia dos agujeros de bala en el pecho.

-¡Oh Dios! -se paró como un resorte- ¡Avisemos al oficial de la puerta trasera!
 Los dos corrieron hacia la cocina, por la puerta que estaba detrás de la escalera. Cruzaron el umbral los dos al mismo tiempo para ver como una mano enguantada se introducía por el agujero que había quedado al romper el cristal de la puerta. La mano quitó el seguro y giro el picaporte, y la puerta se abrió lentamente. 

Un hombre con chaqueta de cuero negro y pantalones oscuros se introdujo en la habitación, llevaba un revólver con silenciador en la otra mano. Detrás de él entró otro, armado también. Catherine y Etienne trataron de darse la vuelta para escapar, pero se detuvieron al oír que se quitaban los seguros de las pistolas.

-¿Qué? ¿Ya se van? La fiesta no ha terminado aún. -exclamó uno de los hombres, la luz de la cocina se encendió, para permitirles ver a Harry que les apuntaba, y detrás a Johnny con la mano en la llave de luz. 

Tenia el rostro totalmente inflamado, podían verse cinco heridas paralelas amoratadas, muy profundas, a medio cicatrizar, unidas por puntos quirúrgicos, era un espectáculo casi dantesco, y Catherine supo de inmediato lo que había pasado la otra noche.

**** 

 Padre meditaba su próxima jugada. Movería su reina hacia la derecha para interceptar al rey  de Vincent. 

No podía perder. Por una vez en la vida iba a ser el vencedor. Tenía una leve sonrisa en la boca... Vincent miraba el tablero con decisión, muy tranquilo. Movió su rey hacia la derecha. La sonrisa de Padre se borró por completo, un rictus confuso asomó por su cara. Pensó y pensó. ‘¡Diablos! Estoy atrapado. Este muchacho se las arregla para ganar siempre.’ Era un jaque seguro para su contendiente.

 De pronto Vincent se levantó sobresaltado. Algunos trebejos cayeron al piso y la banqueta donde se sentaba rodó hacia atrás con un crujido. Se quedó mirando el espacio por un segundo:

-Vincent, ¿qué pasa? -preguntó Padre, sorprendido por la reacción de Vincent.
-Es Catherine. Tiene miedo. Debo ir… -sin más, tomó la capa que estaba sobre un sillón y salió como un rayo.
-Vincent. ¡Vincent!- exclamó Padre desde la biblioteca, como no obtuvo respuesta, volvió a sentarse, agitado por el esfuerzo- Dios te guarde, hijo mío. Espero que esté contigo...

**** 

 Los condujeron a empujones a la sala, Harry llevaba a Etienne con el brazo retorcido detrás de la espalda y Johnny a Catherine, por los hombros. Los obligaron a sentarse en el sofá.

-Veo que te conseguiste una linda abogada. -decía Harry mientras descorría con la punta de la pistola los mechones de cabello que caían sobre el rostro de Catherine-, que lástima que no les quede mucho tiempo juntos. De Fiore quiere terminar con este problema hoy mismo.
-¡No la toques! Eres un cerdo. –dijo Etienne intentando levantarse para defenderla, pero Johnny, que estaba detrás de él, lo obligó a sentarse:
-¡Uy, uy, uy! ¡Que valiente estás hoy! Por lo visto, dejaste de ser la ‘niña’ consentida de papá, pero creo que podría bajarte los humos en un instante. Tuviste suerte de que apareciera ese fulano la última vez. Hoy no tendrás tanta suerte... -Harry se acercó a Etienne y le dio una bofetada con el revés de la mano.
-Fue bueno mientras duró, ¿verdad? -dijo Johnny mirando a Etienne- pero ya es hora de que terminemos. De una vez por todas.
-No se saldrán con la suya. La policía notará que la custodia no dio su parte radial a la jefatura. -soltó Catherine.
-¿Qué policía? –dijo Harry, divertido- ¿Arthur y Evans, los de la patrulla? Pero si son los mas estrechos colaboradores de de Fiore. Hace media hora que se fueron a la jefatura para firmar el reporte diario donde seguramente dice: ‘Todo en orden con el relevo de la custodia’. O debo decir ‘comedia’. -Harry reía- 

Tengo una idea. Vamos a concluir lo que no terminamos la vez pasada. ¡No pudimos verte bien cuando asesinaste al viejo! ¡Qué bueno sería que repitieras la escena para nosotros! ¿No es cierto, Johnny?
Johnny asintió con una sonrisa cruel.

-Es cierto, no me había puesto los anteojos cuando jalaste el gatillo...
 Etienne no dijo palabra, pero se notaba que tenía un miedo atroz. Sólo miraba a Catherine con ojos suplicantes. No podía suceder lo mismo otra vez. No otra vez.
- ¡Tráela aquí!- dijo Harry a Johnny- La pondremos en su mejor ángulo para que Etienne pueda disparar. -Johnny agarró del brazo a Catherine violentamente, ella trató de zafarse pero no pudo. La arrastró hasta donde estaba Harry y este la tomó por los hombros y se puso detrás de ella, evitando que se moviese. El otro volvió junto al sofá donde estaba sentado Etienne y lo obligó a ponerse de pie junto a la chimenea.
-Esto sí que va a ser bueno.- dijo Harry.
 Mientras Johnny acomodaba el arma en su mano inerte, Catherine le hizo una seña imperceptible a Etienne con los ojos. Le señaló con la mirada el atizador que estaba junto al chispero de la chimenea, en su soporte. ¡Por Dios, que entienda lo que quiero decirle! Etienne la miró y movió lentamente la barbilla asintiendo. La mano le temblaba, pero cuando casi la tenía sobre el mango...
-¡Ahora! -gritó Catherine al mismo tiempo que le daba un codazo en el hígado a Harry. Etienne respondió a la orden tomando el atizador con decisión y golpeando a Johnny en el estómago. Catherine aplicó una llave de judo a Harry y lo hizo rodar por el piso.
-¡Corre!- dijo ella mientras Etienne miraba como Johnny se retorcía de dolor.
 Salieron por la puerta de atrás en dirección a la calle, Catherine se palpaba los bolsillos intentando buscar algo, pero no lograba encontrarlo:
-¡Maldición! ¡No encuentro las llaves del auto!
-¡Yo tengo las del mío! ¡Vamos!- se dieron la vuelta y fueron hacia el garaje, que estaba a un lado de la casa. Frente a la puerta levadiza estaba la cupé Packard 1939’ de Etienne. Velozmente subieron y partieron con un chillar de neumáticos. Cuando giraron para tomar la calle, pudieron ver por el espejo retrovisor a Harry y a Johnny que salían trastabillando por la puerta principal, que corrían hacia un Chevrolet negro que estaba estacionado del otro lado de la acera.

**** 

 En ese mismo momento Vincent cruzaba sobre un vagón del tren subterráneo el río Este, por el túnel que va debajo del puente de Brooklin.

**** 

 El velocímetro marcaba setenta millas por hora. Catherine veía por la luneta trasera como las luces del Chevrolet se iban haciendo más y más grandes.

-¡Acelera! ¡Nos van a alcanzar!
-¡Voy casi al límite! Si acelero más el motor puede dañarse.
-¡Necesitamos ir más rápido!
-¡Espera! Tengo una idea. -Etienne desaceleró sin pisar el freno y giró  por un callejón oscuro, y volvió a  acelerar. Al momento las luces del Chevrolet aparecieron detrás de ellos.
-¿Qué haces?
-Voy a tratar de perderlos en la Avenida Ocean, es de doble sentido, lo que nos permitirá evadirlos con mas facilidad. -dijo Etienne sin dejar de mirar el camino.
-¡Pero también tiene más tráfico! -exclamó Catherine horrorizada.
-No te preocupes. Hay dos cosas que sé hacer bien, una es tocar el piano y la otra es conducir. Llegó la hora de ponerme a prueba con esto…

 Llegaron a la Avenida Ocean justo antes de que la señal se cerrase para ellos, Etienne dobló la esquina y se introdujo en el tráfico, cuidando de mantenerse en el carril rápido. El Chevrolet que los seguía dobló al mismo tiempo que la luz había cambiado a rojo, y un pequeño Ford adelantado a la señal le pegó por el costado, pero no lo detuvo. El coche se desestabilizó un poco, pero al instante volvía a acelerar para darles alcance. Etienne esquivaba los autos abriéndose paso; sin duda estaba asustado y sudaba a raudales, pero no cejaba en su empeño por evitar que los atrapasen. Cuando el Chevrolet se acercaba para tratar de rebasarlos Etienne ladeaba el coche por ese costado para impedirles en paso. Estaban a punto de llegar a la Avenida Bay, iban en dirección al túnel Battery, y pronto cruzarían a Manhattan, pero para desgracia de Etienne la Avenida 18 estaba cerrada al tráfico por un accidente vial. Una larga valla con señales luminosas impedía el paso y el trafico comenzaba a hacerse más lento. Etienne rebasó a un gran camión ‘White Freighliner’ que llevaba un acoplado enorme. El auto de Harry había logrado abrirse paso por la mano lenta, rebasando a los autos que disminuían la velocidad para desviarse. Cuando estaba a punto de alcanzar al Packard, Etienne giró el volante violentamente hacia la derecha para cortarle el paso y obligarlo a frenar y a orillarse contra la acera. Todo paso en una fracción de segundo. El Chevrolet mordió el borde de la calle, se desestabilizó y fue violentamente embestido por el auto que venía detrás. El lado del conductor había salido indemne, pero el  del acompañante estaba aplastado de tal modo que era imposible que alguien hubiese sobrevivido de ese lado. Seguramente Johnny estaba atrapado o muerto. 

 Catherine y Etienne respiraron aliviados.

-¡Lo lograste!- decía Catherine mientras sacaba la cabeza por la ventanilla para mirar atrás. Podía ver como Harry salía del auto agitándose y maldiciendo.
-En mi vida había hecho una cosa semejante... ¡Me van a quitar la licencia! –dijo Etienne esbozando una sonrisa- ¿Qué hacemos ahora?
-Retoma por la Avenida Flatbush, iremos a Central Park, debemos ocultarnos por esta noche. Allí sé de un escondite seguro.
-¿En Central Park? Más bien supongo que seremos asaltados. -dijo él, jocoso.
-Confía en mí.

 Etienne dobló a la derecha por un callejón para alcanzar la avenida Flatbush, que desembocaba en el Puente Manhattan. En ese momento pudo ver por el espejo retrovisor que venia detrás de ellos el camión que habían rebasado antes, acercándose rápido. ¿Qué hará aquí? Estaba a cinco o seis metros de la cola del auto y se acercaba veloz, muy rápido. Etienne sentía que sus luces (se reflejaban en el espejo retrovisor) le herían la vista. El camión se acercaba peligrosamente, más y más.

-Está muy cerca...- dijo Etienne- ¡Cuidado! ¡Va a golpearnos! ¡Agárrate! -al mismo tiempo el camión aceleró más y empujó la parte posterior del auto con tal fuerza que Etienne casi pierde el control. Catherine se tomó de la portezuela para no caerse del asiento:
-¡Dios! ¡Trata de esquivarlo!
-¡No puedo! ¡El callejón es muy estrecho! ¡Esa monstruosidad es mucho más veloz que nosotros!
 El camión los embestía cada vez con más fuerza. Una y otra vez. En una de las arremetidas desprendió el parachoques trasero del auto, que pasó por debajo de las ruedas del camión haciéndose pedazos. Catherine pensó: ‘Vincent, cómo quisiera que estuvieras aquí...’

****

 Vincent observaba desde la escalera de incendios de un edificio próximo, tratando de distinguir de donde era que lo llamaba su lazo con ella. Sentía que su conexión con Catherine le decía que estaba cerca, que su miedo era muy grande. Pero, ¿dónde? La opresión en su pecho era insoportable, parecía que iba a reventar. Le provocaba dolor físico. De pronto oyó el ruido de un motor que aceleraba. Un auto venía a toda velocidad en dirección hacia donde él estaba. Detrás lo seguía un gran camión que le pisaba los talones. El Packard paso raudo debajo de él. En esa fracción de segundo, sintió que Catherine iba en ese auto. Se preparó. Cuando el camión que lo seguía quedó a tiro saltó sobre el techo del acoplado. Cayó en cuclillas arqueando levemente las piernas como un gato y se fue aproximando a la parte frontal, tratando de equilibrar el peso para no caer.

 En la cabina, Harry apretaba los dientes ‘¡Ya los tengo, desgraciados! Los voy a hacer polvo.’- pensó- ‘Ya no hay escapatoria.’ -se reía como un demente mientras pasaba las velocidades.
 ‘Te siento tan cerca’ -pensó ella- ‘Pero ¿dónde estás, Vincent?’ Por un momento creyó verlo en su mente. Era un reflejo vago. Se dió la vuelta para pasarse al asiento trasero del auto, Etienne ni se dio cuenta de ello, trataba de esquivar los topetazos que le daba el camión como podía. Miró por la luneta trasera, vio a Harry al volante, amenazador, que hacía sonar el claxon para intimidarlos. Los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada sombría y la boca gesticulando quién sabe qué. Al levantar la mirada pudo ver una figura que saltaba sobre el techo de la cabina: ‘¡Vincent!’ Él se arrodilló sobre el techo del lado del conductor y con habilidad felina se fue descolgando por el costado para alcanzar la portezuela. Con una mano se tomó de un pasamanos lateral, casi colgando del costado del camión, su sentido del equilibrio era increíble; cuando creyó que era el momento indicado rugió para darse fuerzas y rompió el cristal de la portezuela con el puño. Pedazos de cristal diminutos volaron por el interior de la cabina, Harry sintió que lo tomaban por el cuello con fuerza sobrehumana, pero no pudo reaccionar, trató de zafarse con una mano mientras con la otra sostenía el volante. Era inútil. Vincent lo apretaba con tal fuerza que las venas de su cuello se rasgaron y la sangre empañó el parabrisas. El camión se ladeaba ahora peligrosamente hacia un lado y hacia el otro, la parte posterior del acoplado golpeaba las paredes del callejón produciendo una nube de chispas, derribando todo lo que se encontraba a su paso, botes de basura y deshechos. Harry estaba muerto, los ojos desorbitados, la boca abierta y ensangrentada; la visión misma era tan horrible que Vincent lo soltó casi asustado. Ovillado sobre los pedales, las rodillas de Harry trababan el acelerador por lo que la velocidad del camión aumentaba. Vincent decidió no saltar hasta ver que el auto en que viajaba Catherine saliera del camino del enorme bólido.

 Etienne miró por el retrovisor, el camión que acercaba más rápido aún; y luego vio una pequeña ráfaga de vapor que pasó por el costado del auto, que lo obligó a mirar el tablero: el termostato indicaba que el motor se recalentaba peligrosamente. Se acercaban a una intersección, sabía que era su única oportunidad de quitarse del medio, el motor no resistiría más, cuando el callejón terminó soltó el acelerador, bajó una velocidad y giró el volante a la derecha para salir del callejón, expulsado como una estaca. El auto giró en redondo y se detuvo errático, con la parte frontal mirando a contramano del sentido de la calle por la que había girado. Pero se detuvo. La maniobra había sido demasiado violenta, por poco no se dan vuelta, pero los sacó de la ruta del camión.

 Catherine ya no pudo ver que pasó con Vincent, si aún estaba en peligro. El camión siguió avanzando frenéticamente hacia la continuación del callejón por el que venía, segundos después se oyó un terrible estampido y una explosión violenta.

-¡Nooo! ¡¡VINCENT!!- grito Catherine, desesperada, se bajó del auto y corrió hacia el callejón seguida por Etienne; corrió y corrió entre negros charcos, ensuciándose con el barro, cayendo al piso y volviendo a levantarse para llegar al sitio... cuando llegó, lo que vió le heló la sangre: cien metros mas allá podían verse los restos del camión en llamas. Catherine corrió hasta donde estaba la cabina,  totalmente destrozada, por todos lados había combustible ardiendo, hierros retorcidos, atinó sólo a ponerse de rodillas mirando el fuego.
-No... ¡NO!- gritó con la cabeza levantada hacia el cielo- ¡Vincent! ¡Por favor contéstame!- lo llamó con los ojos suplicantes, llenos de lagrimas- ¡CONTÉSTAME!
-¡Catherine! ¡Catherine! – Etienne corría hacia ella sin aliento, tratando de comprender que pasaba ahora. Creyó que su pesadilla había terminado. Se arrodilló junto a ella:
-Catherine... vamos... aquí ya no queda nada, permíteme ayudarte. -trató de levantarla pero ella lo rechazó, eufórica.
- ¡¡No!! ¡Por favor ayúdame! ¡Ayúdame a buscarlo! Sé que esta vivo, puedo sentirlo... pero se está muriendo... ¡Ayúdame! –sollozó.
-Ven, vamos- la ayudó a incorporarse, pensando que en ese estado era mejor seguirle la corriente- Los dos lo encontraremos. –dijo él, sin saber muy bien que hacía, caminaron en dirección contraria por el callejón tratando de ver si veían a Vincent, Etienne miraba todo, buscaba, revolvía entre los desperdicios, llena de la última esperanza. Etienne, lo hacía desalentado, como si la empresa fuese inútil, en ese lugar solo había cajas de cartón desechadas, mugre y botes de basura aplastados, montones de ellos. Catherine buscaba frenéticamente, sabía que sólo había un hálito de vida en el cuerpo de Vincent. Caminaron un poco más, y Catherine ya escondía la cabeza entre los brazos de Etienne, sollozando, su pena era ahora tan grande como la que había sentido antes su amigo. Él miraba a su alrededor tratando de encontrar algún indicio de Vincent. Pero nada... hasta que...
-Creo que veo algo...- dijo él- Allí, ¡sobre esas cajas!- soltó las manos de Catherine y corrió hacia donde estaba una pila de cajas deshechas. Sobre estas podía verse un bulto negro que parecía un hombre. Etienne trepó hasta arriba en un segundo, cuando corrió la capa que lo cubría, pudo verle el rostro, (y cualquiera hubiera pensado que Etienne saldría huiría aterrado, pero no lo hizo), en cambio, gritó:
-¡Es él!- gritó.- ¡Es él, Catherine!
 Catherine corrió lo más rápido que pudo, Etienne la ayudó a subir a la pila de cajas. Vincent yacía boca arriba con las piernas flexionadas hacia atrás, los brazos sobre el pecho; herido e inconsciente, con un par de hilos de sangre que caían por su rostro. La ropa estaba rasgada por los cristales sobre los que había caído al saltar, y sangraba bastante. Catherine lo abrazó con todas sus fuerzas:
-¡Vincent! ¡Vincent! ¡Dios! ¡Estás vivo!- dijo poniendo la mano en su cuello para saber si tenia pulso, y luego miró a Etienne, decidida- Ayúdame a llevarlo al auto... rápido.
-Iré a buscarlo. Tú aguarda aquí.
-¡Apúrate, por favor!- Catherine miraba a Vincent, tratando de ponerlo en la posición más cómoda posible, para intentar bajarlo y no perder tiempo, pero era imposible, era muy pesado para una mujer sola.
 En un momento Etienne había regresado con el coche, aún echando vapor por el radiador. Lo acercó lo más que pudo a la pila de cajas. Juntos  llevaron a Vincent hasta el auto, Catherine lo cargaba por las piernas y Etienne por debajo de los brazos, resoplando, pero tratando de moverlo con cuidado:
-Sube tú primero al asiento trasero, así podrás acomodarlo. -dijo él, solícito. Una vez que lo acomodaron en la parte de atrás, Etienne buscó unas mantas que guardaba en la cajuela.
-Cúbrelo con esto, tendremos cuidado de que no lo vean.
-Debemos llevarlo a su hogar lo más rápido posible...
-¿A dónde?- preguntó Etienne ansioso.
-En Central Park. ¡Debemos darnos prisa! Está muy malherido.

 Etienne asintió con un gesto y puso el coche en marcha, salió del callejón y se dirigió nuevamente a la Avenida Flatbush para cruzar el Puente Manhattan. Mientras tanto, Catherine intentaba hacer lo que podía para evitar que las heridas de Vincent sangraran tanto, aunque era difícil ya que estaba muy herido. Hizo jirones una de las mantas para poder vendar las heridas.

 Una vez en la isla, Etienne continuó por la Avenida Lafayette; después tomó por la calle 8 Este, hasta Broadway. Llegaron a Central Park por la Quinta Avenida, brillante de luces aún, luego Catherine le indicó que camino a seguir. Que entrase al parque por la parte sur, después le pidió que detuviese el coche en Bowling Greens, junto al lago:

-Es aquí. -dijo ella mientras se bajaba del auto- Tengo que buscar ayuda...
-¿Aquí? ¿Buscar ayuda? -pregunto Etienne confuso.
-Confía en mí. -dijo mientras corría hacia el borde del camino hacia la oscuridad- Volveré pronto.
Etienne se quedó solo.

 ‘¿Qué haré si viene alguien?’ -pensó. ¡Iba a ser difícil explicarle a la patrulla nocturna que es lo que hacía él con un Packard de 1939 con el radiador lanzando vapor como un géiser en el medio del parque a las tres de la madrugada! Lo que es más, ¿Cómo justificar la presencia de Vincent? Cuando estaba a punto de gritarle la pregunta a Catherine, vió a lo lejos que ella se introducía en un túnel de drenaje que estaba a unos quince metros del auto. ‘¿Qué cuernos va a hacer allí dentro? ¡Perdió el juicio!’ Si se asombró al verla entrar, mucho más se asombró al verla salir en diez minutos acompañada por un anciano de unos sesenta años con barba y bigote que se apoyaba en un bastón, seguido por un hombre casi calvo, pero más joven. Vestían unas ropas que a Etienne le parecieron propias de los vikingos del siglo IX o algo así; se bajó del auto para ver mejor, pensó si no estaría soñando. Cuando llegaron hasta donde él estaba, Catherine dijo, señalando al hombre del bastón:

-Etienne, éste es el padre de Vincent, es médico y puede curarlo, necesitamos llevarlo abajo...
-¿Abajo?- dijo él enarcando las cejas, cada vez más confuso.
-¡No hay tiempo para explicarlo! –exclamó Catherine fuera de sí, con urgencia-  Es necesario que te pida que hagas un juramento, es necesario que nunca divulgues nada de lo que vas a ver, la seguridad de Vincent y la de muchas personas depende de ello... del secreto que te pido guardes.
-¿Juramento? Catherine tú… -carraspeó Etienne, pero fue interrumpido por el hombre mayor.
-Muchacho, mi hijo es alguien muy especial, como habrás visto, y si la gente de aquí -decía Padre señalando la ciudad- supiese de su existencia, si lo viesen, estaría perdido, lo más probable es que lo maten. No hay opciones para él aquí arriba. Además su tiempo se acaba. Creo que un juramento… vale la pena.
-Comprendo. - dijo, mirando por un momento a Vincent a través de la portezuela abierta del auto. Confianza. Confiar... ¡Oh, que sea lo Dios quiera, basta de dudas!- No se preocupen, mis labios están sellados. Nunca diré nada de esto. Por nada del mundo.
-Bien, hijo. -dijo Padre asintiendo complacido. Luego echó una mirada dura Catherine, que aún así suspiró aliviada.
-Necesitamos llevarlo al túnel- dijo Pascal a Etienne, mientras reclinaba el asiento para sacar a Vincent del auto- ¿Nos ayudas?
-Sí, será un placer.
 Padre daba las indicaciones:
 -Bien, Catherine, tu sostén su cabeza, debemos lograr que se mueva lo menos posible. Pascal, tómalo por debajo de los hombros. Y tú Etienne, tómalo por las piernas. Así, perfecto. ¡Démonos prisa!

****

 Se introdujeron en el túnel hasta llegar a una bifurcación donde había una reja metálica.   Padre buscó el mecanismo que la accionaba y la reja se abrió. Más allá continuaba el túnel, muy oscuro, envuelto en la bruma. Descendieron más y más, hasta que las paredes de concreto del túnel se transformaron en roca viva, irregular, pero iluminadas aquí y allá con velas titilantes que daban una calidez especial al lugar. Doblaron a derecha y a izquierda alternativamente. Etienne estaba desorientado, caminaba sosteniendo a Vincent sin comprender demasiado a donde iban. Era todo tan extraño lo que había pasado esa noche. La huída. Vincent. Todo. Escuchaba ruidos como cuando se golpean varias tuberías a la vez, lo único que podía reconocer era el rítmico traqueteo del tren subterráneo que en algún momento pasaba sobre ellos.
-¿Qué es eso?- preguntó.
-¿Qué?- preguntó Pascal.
-El ruido...
-Es nuestro sistema de comunicación. Podríamos decir que es telegrafía sin hilos. - contestó sonriendo- sin hilos y sin telégrafo.
-Pascal es el ‘operador’ oficial de nuestro mundo. -dijo Padre mirando a Etienne, que no entendía nada- Así podemos comunicarnos, cuidarnos unos a otros mejor, de los peligros de arriba... y de los de abajo.
-¿Nosotros? –preguntó Etienne en el colmo de la sorpresa- ¿Hay mas gente?
-Somos un par de decenas. -comentó Padre- Un pequeño mundo.

‘Un par de decenas, -pensó Etienne-, ¡esto es una locura!’.

 Pronto llegaron un pasillo iluminado por decenas de velas apoyadas sobre los tubos horizontales que estaban amurados a las paredes de la caverna, había allí una serie de orificios que parecían puertas. Condujeron a Vincent hasta una de ellas, era una caverna pequeña, pero cómodamente amueblada. Candelabros, lámparas de aceite, colgantes de luz acristalados pendiendo del techo, la habitación estaba profusamente iluminada. Una mujer algo mayor aguardaba sentada en un sillón, con un maletín de cuero sobre la falda. Padre dijo:

-Mary, quita los cojines de la cama y tráeme el maletín, ve y dile a William que caliente agua, necesito esterilizar algunos instrumentos. También dile a Ratón que traiga sábanas limpias y gasa de la despensa. Cuando regreses necesitaré que me asistas. -la mujer asintió y salió, saludando a Catherine con un gesto- Pónganlo sobre la cama suavemente.
 Etienne y Pascal acomodaron a Vincent sobre el lecho mientras Padre tomaba el estetoscopio de su maletín, desabrochaba la camisa rasgada de Vincent y se ponía a escuchar, luego le tomó el pulso y dijo a Catherine, irritado:
-Necesito que permanezcan fuera.
-¿Puedo quedarme? –solicitó ella.
-No. Por la salud de Vincent necesito que se queden fuera. Esto ya es bastante. -dijo el viejo visiblemente molesto- Será mejor que esperen afuera.
 Salieron todos al pasillo, sólo Padre y Mary, que oficiaba de enfermera, permanecieron en la cámara. Cuando habían pasado dos horas Padre salió:
-Está estable, pero aún sigue inconsciente. Tiene algunos golpes y contusiones, desinfectamos todas las heridas, pero... creo que sobrevivirá. Debemos dejarlo descansar y ver como reacciona... Las próximas horas son cruciales. ¡Quiera Dios que recupere el conocimiento!
-Pero, está bien ¿verdad? -preguntó ansiosamente Catherine.
-Eso sólo lo sabremos cuando despierte. 

***** 

 Vincent abrió los ojos. Lentamente su visión se fue aclarando. Veía a Catherine que estaba sentada al borde de la cama, sosteniéndole las manos. Le sonreía con ternura.
-Catherine…
-¿Cómo estás?
-Dolorido... -trató de incorporarse dando un pequeño gruñido, pero ella lo obligó a volver a acostarse suavemente.
-¿A dónde crees que vas?, aún estás débil. Debes descansar.- ella le acariciaba el rostro.
-¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí?
-Desde las tres de la mañana. Ya son las siete y media. Etienne y yo te trajimos.
-¿Él esta aquí?- pregunto sorprendido.
-En la biblioteca, con Padre y Pascal, conociendo a los otros, intentando calmarse con una taza de  té. -ella se sonrió- Parece que acaba de aterrizar en Marte, está muy sorprendido.
-Se portó valientemente esta noche. –dijo Vincent apoyando su cabeza en las almohadas.
-Sí, creo que es una veta de él que no conocíamos. Su valor nos salvó la vida a ambos. Nunca imaginé que fuese capaz de esto. Si no fuera por él, nunca habríamos llegado aquí tan pronto.
-Logró vencer su miedo gracias a ti. Estoy orgulloso. Parecía un ser tan frágil, y después de todo...
-Gracias a ambos. -dijo ella señalándolo.
-Es un espíritu... solitario. Como yo.- dijo mientras acariciaba las pequeñas manos de Catherine.
-Ya no más, Vincent. Ya no más... descubrió que podía ser alguien en el mundo, que no estaba solo. Es lo mejor que pudo haberle pasado, conocerte,  tu mundo.- dijo ella dulcemente.
 Él la miraba directamente a los ojos, bebiéndose sus facciones. Después dijo:
-Catherine, mientras estaba inconsciente soñé algo... -hizo una pausa- extraño...
-Dime...
Parecía renuente a hablar:
-Me parece que vas a reírte si te lo cuento. -dijo inocentemente. Ella lo miraba con la curiosidad pintada en el rostro.
-No, dime por favor. -él todavía no despegaba los labios- ¡No seas tonto y cuéntame! -se rió ella. Vincent soltó un corto suspiro:
-Soñé... soñé que estaba en una catedral, una catedral gótica, con maravillosos vitrales. Creo que mi mente imaginó que estaba en San Patricio o en San Juan el Divino, aunque nunca entré en ninguna de esas iglesias. Estaba llena de gente, y nadie se fijaba en mí. También pude ver a la gente de aquí, a Padre, a Mary, a los otros- los ojos le brillaban, cristalinos-  todos con traje de fiesta, como cuando es el Festival de Invierno. Juraría que en la primera banca estaba Eliott Burch, sonriéndome. -Catherine escuchaba atentamente, sin perder palabra.
-Me encontraba junto al altar, esperando. De pronto, el órgano empezó a sonar a pleno y las puertas se abrieron y tú... -Catherine le puso los dedos sobre los labios.
-No sigas... - le dijo en voz baja, mientras una lágrima rodaba por su mejilla- ...sería maravilloso, pero... Vincent, no necesito justificar lo que siento por ti con una ceremonia. No hay ceremonia, ni religión que justifique lo que yo siento por ti... te amo tanto, tanto que podría abandonar todo lo que significa algo para mí... -ahora lloraba abiertamente- Tengo la esperanza de poder terminar mis días junto a ti... de otro modo no sabría vivir. Tengo la esperanza de algún día...
-Algún día, Catherine, algún día… -Vincent la abrazó, poniendo el mentón sobre su cabello, besándoselo, él también sentía ganas de llorar. Sus ojos estaban húmedos-Ya llegará el momento. Las cosas no podrán seguir así todo el tiempo. Tenemos aún tanto por compartir, tantas cosas que ver juntos.
-¿Llegará ese día?- preguntó Cathy anhelante.
-Mi corazón es tuyo. Por siempre... y para siempre. Dondequiera que estés yo estaré contigo. Siempre. 

*****
  Epílogo:
   Ciertamente fue el fin de la soledad de Etienne. Bajó una y otra vez sin poder dejar de maravillarse. El mundo de Abajo se convirtió en parte de él. Le fascinaba sobre todo Vincent, no por su aspecto único, sino por su inteligencia, su cultura, sus maneras afables para con todos, pero más su extraordinaria humanidad. Recordó las palabras de Sófocles, que decían: ‘Monstruoso es mucho, pero nada es más monstruoso que el hombre’. Comprendió lo mucho que esto significaba, y que a veces el hombre era el peor enemigo de sí mismo.

 Al mes de haber conocido a Vincent y a Catherine lo nombraron ‘Ayudante’, con la misión de enseñar música a los niños. Y se tomó su misión muy en serio. Bajaba tres veces por semana a dar las clases de teoría y solfeo, pero lo que más le gustaba era escuchar a esos niños talentosos y apasionados ejecutando una música grande y conmovedora con sus pequeños dedos. Por supuesto, la ‘presentación en la sociedad subterránea’ consistió en un concierto de piano, en el que pudo lucir sus habilidades a gusto. Todos los asistentes (y eran muchos) pidieron los ‘bises’, que al final, duplicaron el tiempo del concierto: Catherine quiso oír la ‘Polonesa Heróica’ de Chopin, Vincent ‘Rève d’Amour’ de Liszt, Padre algunos de los preludios y fugas del ‘Clave Bien Temperado’ de Bach; y así siguió la lista. Todos sugirieron algo, hasta Ratón, que se despachó con: ‘¿Qué tal una de Electric Light Orchestra?’
El pobre Etienne terminó su día exhausto... pero feliz.

 Con respecto al juicio, lo ganaron por unanimidad. Catherine demostró que era digna de la confianza de Joe y del Jefe Moreno. Pero por sobre todo de la confianza de Vincent. Etienne enterró sus miedos y se mostró contundente. No vaciló ni un momento al contestar al juez, a la audiencia. De Fiore y los suyos fueron condenados a cadena perpetua. Se descubrió que había extorsionado y asesinado a tantos que fue imposible eludir la condena máxima.  Al poco tiempo cayó también el fiscal Richardson, cómplice de sus trapacerías. De nada le sirvió excusarse en sus fueros... su condena también fue larga.



Al escribir este relato no pretendo vulnerar los derechos de los autores (Koslow, Thomas, Jungler Witt) ni los de ‘Republic Pictures’. Espero no haberme equivocado... Y como dijo Shakespeare en el prólogo de “Romeo y Julieta”: ‘Supliréis con vuestra imaginación lo que falte de la obra...’
 Pablo Giovine.

© "Un Espíritu Solitario" ha sido escrita por Pablo A. Giovine . Cualquier uso, duplicado, copia, publicaciones etc. deben ser hechos bajo el consentimiento del autor. Gracias.





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